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domingo 27 de abril 2003 - 01:42 p.m.



Se había acostumbrado por los requerimientos de su profesión a leer la voz.
De tanto escuchar a los postulantes y obligada a hacer una primera decisión
acerca de su admisión, podía contar con que en un instante
se le presentaba un cuadro que le indicaba si podía pasar o no a la etapa siguiente.
Cuando llamó su doctora no fueron sus palabras, que intentaban ser neutras
y la instaban a hacer nuevos estudios, sino su tono de voz
lo que le indicó que se trataba de otra cosa.
Se encontró entonces con toda una gama de sentimientos y sensaciones
que se dispararon automáticamente más allá de la contención de la mente.
Aunque creía tener un buen acuerdo con esa idea sintió desconcierto.
Después una inquietud imposible de ocultar.
Volvió a sentir cómo el cuerpo se defiende con independencia de la voluntad
con una intensidad poco comparable con cualquier intención.
La inundó una pena conocida.
Esa noche no pudo dormir. No porque se hubiera dedicado
a pensar acerca de la situación en que se encontraba.
No. La atravesaba intermitente una corriente que parecía fuego.
Decidió seguir con su vida habitual.
Le llevó todo el día terminar lo que tenía entre manos.
Volvió a ordenar de cero las imágenes solo faltaban algunos epígrafes.
A la mañana le comentó:
- Todo es soltar.

Pero eso es tema de otra charla...






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