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a caja negra


martes 11de febrero 2003 - 03:24 p.m.



Tenía que llegar al final
Ella se había acercado para decirme por lo bajo
que ese era el tren de la muerte.
Vino desde primera para advertirme. Tuvo otros gestos amistosos
volvía una y otra vez para acercarme diversas cosas
que yo había perdido en el camino.
Ese vagón en el extremo del tren estaba sobreentendido
era el que iba a acusar el impacto.
Yo no podía moverme había una cantidad imposible de administrar
de criaturas a mi cargo, no podía sacarles el ojo de encima.
Aunque sabía que Josefina tenía fama de vidente me quedé en el lugar.

La sala exposición me pareció imponente.
La galerista no lo podía creer era la misma que hace años abandoné
porque no me pagaba no me quería devolver la obra
y me gritó mal cuando finalmente me la llevé.
Tenía el pelo muy corto y se movía nerviosa de aquí para allá.
La gente bullía los periodistas me acosaban yo los esquivaba como podía.
Los chicos que yo había traído daban vueltas y vueltas.

Como si hubiese caído un telón vi lo ajado de la escena.
La sala no era más que un galpón, mirándolo de cerca tenía polvo a mares
y la gente también parecía desvariar más que comprar.
Esa señora que decía con énfasis “el mañana es conmigo”
no correspondía a la escena la había visto ayer parada en la esquina de mi casa
con esa mezcla de desesperación y desaliento
frente a un hombre de expresión ausente.
Todo perdido en esa batalla desigual contra no sé que fantasma.

Me desperté no había más que lluvia la misma desde hace días
que horada los techos e inunda el patio.
Que hago acá si ya está por empezar. Me vestí como un rayo y salí.

Mientras volaba por el aire sonreí, de quedarme quien sabe
si hubiera zafado del choque.

...

Con la expresión de alguien que está fuera del tiempo,
los ojos en infinito, piernas y brazos pegados al cuerpo vertical
recortado sobre el frente de esa casa lo único que da cuenta
de los minutos que transcurren
son las gotas que resbalan por su impermeable amarillo,
sobre esa cara de señor que va al trabajo, a los tres años.
La madre de espaldas espera bebe arropado en brazos
a que alguien abra la puerta.

...

Después de ese viaje durante años mis pesadillas
tuvieron como telón de fondo el cielo encapotado de Berlín.
Casi rozándome la cabeza nubes solo nubes
comprimiéndonos contra la superficie blanca.
El río también encontró el cauce para acompañar mis noches turbulentas.

La nieve hasta las rodillas y los zapatos haciendo ploch ploch
y el entusiasmo por absorber todo en un instante
me distraía del frío que iba subiendo por el cuerpo hasta ese día
en que salí de la zapatería con unas botas con las que me sentía un tractor.

Un día soleado era un gris más claro solamente.

Nunca había visto un mono tan cerca.
Detrás de un vidrio como en una pecera a centímetros de distancia
ese chimpancé se rió de mi desconcierto me miró fijo
giró un par de veces el índice sobre su sien
después displicente juntó los cinco dedos
y agitó la mano izquierda en sentido vertical de arriba hacia abajo.
Quebrado el hielo seguimos hablando de otras cosas.

Más allá con cara de pocos amigos el orangután visiblemente
concentrado en su tarea, no registró nuestra presencia.
Con gesto delicado pasaba la lengua por el índice de su mano derecha
una y otra vez para después tocar el piso levantando de esa manera
una por una las migas que quedaban del festín.

Pero ese es tema de otra charla.......



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