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viernes 23 de mayo de 2003 - 04:54 p.m.



Dos líneas paralelas, una perpendicular. Tres filas de sillas
sutiles vectores en ese espacio anodino.
Por su extensión, el techo parece comprimirse sobre tu cabeza.
Cada tanto un ronroneo, la voz de clon de la recepcionista:
Señora tal al consultorio tal.
- Esta sala de espera me recuerda un aeropuerto, sólo que no se adonde voy
ni tampoco se si vuelvo, le digo al entrar.
Porqué insisto en llamarlo doctor Muro?
Cuando termina me dice:
-- Puede ir a sentarse.
- Puedo mirar?
- Bueno
- Usted teme que yo me desmaye, no?
- Si
- Es cierto que nunca se me ocurre acercarme
cuando en la esquina de mi casa en el silencio total del barrio se dan una piña.

En eso siento que no hay nadie. Me voy. Jamás podría hacer una cosa así, el tamaño de esas manos, esa operación
de seleccionar minúsculos fragmentos, colocarlos en dos tarritos con formol
cortar una cinta en varias partes, rotular pegar en cruz
y luego una vez más parece imposible.

Se cuelga no me reconoce más, se conforma con una x.
Esta vez no se cortó el hilo. Se cuelga cuatro veces más.

Solo quería ver una película al llegar a casa sin moverme de ahí.
No cualquiera. Zapear en la esperanza de encontrar algo.
Nada en ninguna parte.
De pronto la veo, yo le veo la cara a esa mujer y pienso esta es.
El se decide un poco después con esa escena en la que corría la viuda
y los siete hijos por el cementerio. Se habían equivocado de muerto.

Poco antes de terminar llegó ella. Yo ululaba mezcla de llanto risa
felicidad y pena a él le caían lágrimas, nos abrazábamos.
Entré a la cocina la atajé - No me digas bala. No quería no podía parar.
Me preguntó por el argumento traté pero no pude contarle.
Querés un café? – No. Y José? no sé preguntale.
El le dijo no luego pensó porqué se lo voy a ahorrar.
Yo que desde el baño abro la boca para gritar “esto es un milagro”
me detengo en seco siento un tumulto.

Después me cuenta José que en el preciso instante en que él entra a la cocina
y le contesta: - En la película se moría una mujer de cáncer,
era la mejor amiga de la protagonista, ve a Eva abriendo la puerta de vidrio de la alacena.
La puerta se desprende de su marco de madera ella trata de sostenerla,
los brazos en alto equilibrio impensable.
El llega justo a atajarla.

Parece que los milagros si existen.

Pero ésto es tema de otra charla.






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